Gabinete de curiosidades de

Mónica Bustos

Escritora paraguaya I Premio Augusto Roa Bastos de Novela Game changer en la literatura paraguaya Outcast en el plano internacional

diciembre 30, 2020

Ofiuco (Cuento)





‹‹Bien sé que soy mortal, una criatura de un día, pero si mi mente observa los serpenteantes caminos de las estrellas, entonces mis pies ya no pisan la tierra, sino que al lado de Zeus mismo me lleno con ambrosía, el divino manjar››.
Ptolomeo, Almagesto.




I. Supernova


    More than this, you know there is nothing. Sube el volumen. Hay cierto énfasis en ese you know que le hace pensar que le hablan a ella, solo a ella; como si alguien se hubiera metido en la canción para enviarle un mensaje y así asegurarse de que no intentara dimitir. 
    Tiene los mejores auriculares con cancelación de ruido que existen en el mercado y son más caros que todo el equipaje que lleva, aunque eso no significa mucho, pues todas sus posesiones caben en una mochila. No es una dilapidadora; como la mayor parte de su vida ha estado desempleada, aprendió a ahorrar como forma de vida, aún así no se arrepiente de haber gastado tanto en los auriculares porque le gusta aislarse en una burbuja de música y sobre todo, porque le resultan imprescindibles en los aviones y volar es parte de su rutina. 
    Siempre elige un asiento próximo a la turbina, junto a la ventanilla, no porque quisiera ver el lugar del que parte o al que llega, sino porque una vez leyó sobre una explosión en un avión que dio lugar a un torbellino de fragmentos voladores y que uno de ellos había roto una ventanilla ocasionando que una mujer fuera succionada a través de esta. El accidente fue causado por la explosión de una turbina, junto a la que estaba sentada la mujer. 
    Mira las luces del ala. Like a dream in the night. Su lugar favorito es el cielo, sobrevolando el mar, en la noche. Who can say where we’re going.
    Una de las pocas cosas con las que viaja es un recorte de diario, y ahora que enciende la luz de lectura sostiene este rectángulo de papel sobre la ventanilla para enmarcarlo con la noche estrellada. Puede sentir una mirada por encima de su hombro, tal vez el sujeto de al lado pretenda iniciar una conversación, tal vez ya lo ha hecho, pero ella no escucha, y aun si lo escuchara, no respondería. Nunca le contó a nadie que esa vieja foto en blanco y negro en la que aparece Gregory Peck frente a una exuberante vegetación es el único recuerdo que le queda de su padre. Era una niña cuando él le señaló en el diario aquella fotografía y le dijo que la había tomado cuando el actor rodaba Los niños del Brasil en Paraguay. Años después descubrió que Los niños del Brasil no se rodó en Brasil, mucho menos en Paraguay, y que su padre nunca conoció a ninguna estrella de Hollywood, que no era fotógrafo, ni mucho menos periodista. Esa historia nunca la contó, ni la contará. No quiere despertar la lástima de nadie. Es solo una persona como tantas otras que también fueron abandonadas por uno de sus padres. Nada trágico, solo otra chica con daddy issues que no puede mantener una relación estable. Solo eso, se dice y suspira.
    Nació en Ciudad del Este y sus padres cruzaban a Brasil todos los días para trabajar, y cuando su padre se fue, su madre se la llevó a Presidente Franco, a pasos de Argentina y el día a día volvía a dividirse entre dos países. Ya desde entonces se sentía de todas partes y a la vez de ningún lugar. 
    Hace poco encontró una fotografía de cuando tenía nueve o diez años y la observó con la misma curiosidad con la que observaba la foto de Gregory Peck: con sospecha. Esta vez la pregunta que se hacía era en dónde se había rodado su infancia. Como si toda su historia no fuera más que un montaje creado por otros. Podía hablar en portugués o ir a la escuela en Argentina, pero sus documentos decían que era paraguaya. Por primera vez empezaba a sospechar que las fronteras eran imaginarias.
        La mentira que su padre creyó insignificante fue para ella una carga por el resto de su vida. Por una parte, porque vivió cuestionando toda su realidad, sometida a la búsqueda de la verdad en un mundo construido con mentiras; por la otra, porque decidió convertirse en lo que su padre fingió ser: periodista, y posiblemente aquel primer trabajo fue el origen de sus frustraciones y el final de todas sus aspiraciones. 
    En la práctica de su profesión descubrió que el periodismo no siempre era ejercido por quienes sentían compromiso con la verdad o que acaso el periodismo no siempre estaba hecho por periodistas. 
    Experimentó una guerra silenciosa en la frontera en la que creció: todo el mundo había visto u oído cosas, pero nadie hablaba de eso, ni mucho menos salía en los medios. 
    La primera vez que vio un cadáver fue junto al río, este no tenía brazos, ni piernas, y aunque la aparición de cuerpos mutilados se hacía cada vez más frecuente, supo que ese hallazgo podía ser el punto de partida para la investigación de su vida. La despidieron al día siguiente de proponérselo al jefe. No fue una coincidencia. 
    Después de este traspié vinieron más trabajos fallidos, viajes incompletos, relaciones cortas y buenas intenciones que terminaban antes de empezar. Golpes bajos, unos tras otros, que cada vez causaban heridas más profundas, hasta que un día sintió que ya no podría levantarse ni una vez más, fue después de ser despedida de su último empleo en un aeropuerto de Londres, su puesto sería ocupado por un holograma más eficiente y menos costoso, proyectaría la imagen de una hermosa mujer con la capacidad de leer las retinas de los pasajeros e interactuar con ellos. Estelas de luces arrebatándole su lugar, en esto piensa mientras mira las luces de navegación que surcan el cielo nocturno mientras sobrevuela el mar. Eso es lo último que va a soportar. Lo perdió todo y a nadie le importa. Agotó todas sus posibilidades. Más que esto, Beatriz, sabés que no hay nada.
    Por eso aceptó unirse a un movimiento formado por personas que también fueron sustituidas por soluciones tecnológicas. Al principio pensó que participarían en protestas callejeras o interrupciones del tráfico, clásicas medidas de presión que servirían para llamar la atención y lograr que las empresas estuvieran obligadas a contratar cierto porcentaje de mano de obra humana y no pudieran automatizar toda su estructura, pero el horizonte se oscureció cuando descubrió que el grupo de indignados al que se unió estaba liderado por los mismos que desarrollaron la mayoría de los sistemas que ahora son parte del problema del desempleo y la pobreza. 
    ―Imagínanos como el nuevo Alfred Nobel ―le dijo Noah―. Queremos enmendar el daño que hemos hecho. Nuestros inventos debían servir para el progreso de la humanidad y no para incrementar la desigualdad.


    A primera vista parece un cuerpo desmembrado, como aquel que vio junto al río, pero al observar mejor la fotografía se nota que no es un torso muerto. Rafel Kan nació sin extremidades, tiene veinte años y quiere ser astronauta. Jessy Kissinger se conmovió con su historia y fue a visitarlo antes de morir, él quería darle sus brazos y sus piernas, pero no hacía falta que un médico le dijera que sus brazos y piernas no eran aptos, porque de todas formas Rafel no los quería. 
    Jessy Kissinger era un yonqui con VIH a punto de morir, con un gran corazón, y quería que su cuerpo le sirviera a alguien después de su muerte, pero aunque sus brazos y piernas estuvieran saludables el problema era que Rafel no aceptaba miembros humanos. A él no le importaba no tener brazos ni piernas, lo que le dolía era saber que nunca podría ser astronauta.
     Beatriz leyó la historia de Rafel Kan en un artículo del Reader’s Digest, al final había una nota del autor que señalaba que para el momento del cierre de la edición Jessy Kissinger había muerto. Esto lo leyó cuando todavía trabajaba en Montevideo, después de perder su empleo en Ciudad del Este, antes de ir a probar suerte en Buenos Aires, antes de irse a Barcelona, inclusive antes de Madrid, mucho antes de perder su trabajo en Londres. Antes de perderlo todo. Antes de que un hombre le propusiera ser parte del fin del mundo.



II. Cruzando el río Plutón


    Harald Kinney fue muchas cosas: un bravucón racista, un padre ausente, un ensamblador aeroespacial, un organismo de prueba, un mensajero secreto, un alma arrepentida y un cirrótico. Harald fue yanqui y fue sudaca, pero por ser tantas cosas nunca pudo ser nada. 
    ―Todos somos ciudadanos de un mismo lugar ―dijo una vez―. Vivimos juntos en la misma porción de espacio sideral. 
    Nació en Alabama y antes de cumplir un año su familia se trasladó a Carlsbad en Nuevo México. Los únicos recuerdos que le quedan de Carlsbad son las visitas a las cavernas y aquella vez en que su padre lo llevó a Roswell para mostrarle el sitio exacto en el que se estrelló una nave espacial extraterrestre. Poco después se mudaron a Albuquerque, en donde su padre tendría un mejor empleo y Harald una mejor escuela. 
    Cuando era un niño no tenía mucha ropa, pero no recuerda que fuera por falta de dinero, tal vez solo se debía a que todo lo que necesitaba era la chaqueta de la escuela, pantaloncillos hasta las rodillas y calcetines que cubrieran completamente sus pantorrillas. Ahora todos sus recuerdos son así: postales. Imágenes que pueden interpretarse de tantas formas. Escenas que empiezan y terminan en la nada.
    Su padre escuchaba a Chuck Berry y a Little Richard en la radio cada vez que llegaba del trabajo, se sentaba en su sillón favorito y seguía el ritmo chasqueando los dedos. Postales. Algunas veces se pregunta si eso pasó en realidad o lo vio en alguna película hace muchos años. A veces sueña con sus recuerdos y eso lo confunde: sueña recuerdos o recuerda sueños.
     A los trece años descubrió en su casa un cofre con seguro del que pensó que podía sacar joyas u otro artículo valioso; sin embargo, tras romper el candado solo obtuvo fotografías de su abuela. Le llamó la atención una en la que ella aparecía sentada al lado de un hombre afroamericano. Sin saber por qué, sintió un temblor en el fondo de sus entrañas, como si estas se le hubieran aflojado y tuvo miedo de aceptar lo que estaba frente a sus ojos. 
    Harald creció con un odio irracional que no fue inculcado por sus padres, el vandalismo, imitación de lo que veía en las calles, lo convirtió de niño inocente a gorila rabioso, un ser incapaz de demostrar amor. Sus cómplices lo llamaban Brutus o Bluto. Accidentalmente, su madre creyó escuchar que uno de sus nuevos amigos lo llamó Pluto, así que ella empezó a llamarlo así, Pluto, ni se imaginaba que Bluto era el alias de pandillero de su hijo y que sus actos vandálicos se estaban convirtiendo en crímenes. 
    Ahora todo vuelve como postales. La belleza de su madre, el rostro de su padre. Tomó entre sus manos un portarretratos con la foto de su familia y fue como si por primera vez notara la fisonomía de su padre: su nariz, sus pómulos resaltantes, sus labios carnosos, sus ojos oscuros. El secreto estuvo expuesto desde siempre frente a sus ojos; aunque por el color de su piel se consideraba blanco, no tenía los típicos rasgos caucásicos.  

    ―Aunque no lo parezco, soy negro, Brigitte, pero también soy latino y por fuera la gente me ve blanco, por eso crecí creyéndolo también. Soy multirracial; soy todos y soy nadie, no pertenezco a ningún lugar. 

    Más postales. Era muy joven cuando trabajaba en un restaurante y dormía en el piso del mismo cubriéndose con una bandera de los Estados Unidos. Fumaba black tar para contrarrestar el desgaste del insomnio. A Harald no le alcanzaba lo que ganaba, pero él no sentía la necesidad del dinero, así como no sentía la necesidad de la vida. Gastaba todo su salario en heroína poco refinada, pegajosa y oscura. Consumir alquitrán negro era como ver televisión, se veía a sí mismo con el uniforme de soldado viajando en un bombardero, cargando fusiles en la selva, salvando a otros saldados, atravesando el mar en un ataúd o siendo sepultado en Arlington con la misma bandera con la que se cobijaba. Extrañamente eso le daba satisfacción.
     En un arrebato de confusión o desesperación, abandonó el restaurante y deambuló por la carretera haciendo autostop, así fue que terminó en Hunstville. En esos tiempos estaba en marcha la carrera espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, un año atrás el Sputnik 1 era lanzado a órbita, la imaginación del hombre no tenía límites, todo era posible. La tensión por la amenaza nuclear y los guiones de cine clase B alimentaban la fantasía, y las noticias en la radio servían para sostenerla. Consiguió trabajo en la Comisión Consultiva Nacional para la Aeronáutica, no sabía exactamente en qué consistía lo que hacían ahí, pero algunos de sus compañeros estaban seguros de que la chatarra que recogían en secreto eran restos de naves extraterrestres. 
    Harald recordaba Roswell frecuentemente. A veces se acostaba y miraba el cielo esperando ver un satélite artificial entre las estrellas y en esos momentos se imaginaba que uno de esos brillos que venían del infinito era un ojo de su madre que ascendió a los cielos como el Sputnik, para verlo a él desde todas partes. 

    Harald interrumpe su historia para recoger la valija de cuero verdoso preparada para la hora de la partida; la abre y toma un disco de vinilo envuelto en un pañuelo rosado y perfumado de Brigitte, se acerca a la ventana para iluminarlo con luz natural y lo observa con cuidado: se trata de Oh, Mercy, el álbum de Bob Dylan lanzado en 1989. Lo hace girar en una mano y desliza sobre los relieves de los surcos su afilada uña de diamante, bajo la piel de aquel dedo tiene una microcápsula magnética que hace de transductor y la utiliza para reproducir la última pista. Shooting star, la canción favorita de Brigitte. Ella se mantiene hermosa y Harald admite que la extrañará. Después de todo, él sigue siendo humano. 
    Brigitte tiene una peluca rubia que luce natural, flequillo con volumen y ondas vaporosas que enmarcan su delgado y diminuto rostro, tratando de suavizar sus pómulos huesudos casi puntiagudos u ocultar su cutis que era más artificial que su cabello; se veía exactamente como una Barbie. Una Barbie gastada con la que todos jugaron, excepto Harald.
     La sonrisa triste de Brigitte provocaba en él una ternura que hace años no sentía. Era una boca grande con dientes falsos que debía ajustar todo el tiempo, secuela de uno de los efectos secundarios del tratamiento al que él la hizo someter.

    Recuerdos. La organización para la que trabajaba Harald se fusionó con otra y ambas se convirtieron en una sola, la llamada Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio, más conocida como la NASA. A partir de entonces su trabajo se desarrolló exclusivamente en enormes laboratorios y hangares. Vio aviones experimentales que no parecían aviones y grandes esferas metálicas, que según le habían dicho formaban parte de un proyecto de telecomunicaciones. 
    Al poco tiempo fue trasladado a Nevada y empezó a ganar grandes cantidades de dinero, pero no tenía en qué o en quién gastar, seguía siendo un joven solitario. Algo de emoción llegó a su vida cuando rescató a una perrita que deambulaba herida por una pista de aterrizaje, sintió por ella la misma lástima que había sentido por Laika cuando supo que la enviaron al espacio a sabiendas de que moriría allá. La llamó Zhuchka, el nombre que tenía Laika antes de ser elegida como organismo de prueba. Significaba Bichita, o en inglés: Little bug.
    Unos años después lo transfirieron a un campo de pruebas al sur del condado de Tooele, Utah. Trabajó en el Departamento de Bioquímica, en donde le pagaban por administrarle LSD, Hidrato de cloral, Benzedrina y otras drogas para diferentes investigaciones y objetivos; algunos compañeros más corajudos o más codiciosos aceptaban ser inoculados con algún virus desconocido para luego recibir el antídoto o dejar que se replicara en su organismo. 
    Un día aparecieron más de seis mil ovejas muertas en Skull Valley y fue trabajo de Harald mantener a los ambientalistas lejos de Dugway y hasta desinformar a los periodistas con historias de extrañas luces vistas en el cielo el día anterior.
    Una Nochebuena, al servir ponche para dos personas, cayó en la cuenta de que había otra persona con él y que eso no pasaba desde que era niño. Ahí estaba Gina, espléndida frente al televisor, acariciando a Zhuchka. Harald sonrió. Gina solía ser una amante esporádica y en ese momento se convertía en algo más. 
    Contemplaron abrazados un amanecer histórico, obsequio del Apolo 8 que atravesaba la cara oculta de la Luna. Los astronautas mostraron la Tierra emergiendo de una inmensa oscuridad y leyeron los primeros versos del Génesis. «Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo…». Harald y Gina dejaron escapar lágrimas al ver en la televisión la belleza de la Tierra que emergía como un sol en la noche, se descubrieron ellos mismos tan pequeños y se abrazaron con más fuerza.

    Brigitte apaga la licuadora y sirve en el plato de Zhuchka un líquido blanquecino. Acaba de licuar doscientas diez pastillas, son cincuenta y ocho más de las que toma ella.  Zhuchka es uno de los pocos perros con dos trasplantes de corazón y el único de sesenta y tres años, aproximadamente doscientos cincuenta años en edad canina.

    En abril de 1970 los Beatles anunciaban su separación y Gina reconoció que la vida era muy corta como para seguir guardando secretos, pero tuvo sus reservas hasta que el Apolo 13 falló y eso fue concluyente para que aceptara que era tiempo de hablar porque uno no sabe lo que pasará después. Invadió el perímetro de Dugway para ver a Harald y le dijo de frente, a la luz del día y mientras tres astronautas buscaban la forma de regresar a la Tierra, que estaba esperando un hijo suyo. Harald respondió de lejos, sin sacarse los anteojos de sol: “¿Y qué harás?”. 
    Con la expansión de actividades del campo de pruebas para el que Harald trabajaba, también aumentó la cantidad de pruebas en los laboratorios de biología molecular e ingeniería genética, Harald se postulaba para todas las vacantes. Consiguió una transferencia a Texas poco tiempo después de que naciera su hijo. Se escabulló una noche con Zhuchka bajo el brazo, dejó un sobre con dinero y ninguna nota de despedida. 

    ―¿Cómo se llama tu hijo? —pregunta Brigitte.
    ―Earth.

    Harald fue uno de los primeros en probar los implantes subcutáneos de moléculas inteligentes que se endurecían al recibir un alto impacto actuando como escudo bajo la piel. Fue sometiendo su cuerpo a diferentes alteraciones hasta ir convirtiéndose poco a poco en un superhombre. Por su antigüedad, y previa investigación de sus antecedentes, se le autorizó a cargar documentos top secret y fue responsable de entregar personalmente mensajes clasificados a genetistas dispersados alrededor del globo. 
    Rastreando a un científico fugitivo, llegó hasta la Triple Frontera, se hospedó en un motel de Ciudad del Este y durante su estadía descubrió las películas sudamericanas de sexplotation, una de ellas estaba protagonizada por una deidad paraguaya: Brigitte Basura. Una parodia de Brigitte Bardot con grandes tetas que aparecían sin moderación en todas las escenas de la película, probablemente, en cada fotograma. Tetas mojadas, cubiertas en aceite o de una delgadísima capa de arena, a veces de azúcar; sobraban los  primeros planos exasperantes y planos detalle de areolas. 
    Después de la extirpación de las glándulas mamarias, Brigitte prefirió no reemplazar sus icónicos senos y se enorgulleció de la planicie de su nueva figura, se adornó con pezones mecánicos que se endurecían y vibraban al ser humedecidos, con una potencia que podía ir en aumento hasta convertirlos en objetos tan peligrosos como taladros encendidos. Así es como Harald se hizo tantas heridas en la lengua.

    ―¿Así me conociste? ¿En la televisión de un motel?
    ―Así me enamoré de vos. Y por eso regresé todos los años, para buscarte.
    ―Y así me encontraste, me salvaste la vida y me trajiste a México.
    ―Hacés que suene tan sencillo, pero vos más que nadie sabés que las cosas no fueron tan fáciles. Eras como un meteoro: brillabas y ardías hasta que te destruyó tu propio fuego. Te convertiste en un personaje tan deseado como odiado… Cuando empecé a preguntar por vos, rápidamente me di cuenta de que la gente realmente creía que eras la basura que tu nombre artístico promocionaba. Querían… hacerte cosas…  Pero te escondiste tan bien de esos psicópatas que te amenazaban que ni siquiera para mí fue fácil encontrarte. Y cuando lo hice, estabas tan enferma, ¿te acordás? Pero no te salvé la vida, solo ayudé a que tu cuerpo tuviera mayor resistencia a las enfermedades… y al envejecimiento.
    ―Y si te costó tanto estar conmigo, ¿por qué te vas?
    ―¿No entendiste la historia de mi vida? Me voy porque me hacés feliz.

    Cinco años después Harald reconocerá en una morgue a un humanoide genéticamente indescifrable al que la prensa llamaría “el alienígena de Ciudad de Juárez”. Pero no se tratará de un alienígena. Harald temblará conmovido por una belleza triste y particular del cadáver desmembrado que la policía halló en la basura. La boca sin dientes que ahora solo es un agujero lleno de gusanos fue alguna vez la sonrisa más tierna que vio en su vida. 



III. La ira de Orión


    Me embaracé tres veces, pero no tengo ningún hijo. Tuve cáncer pero sigo viva. Hay una voz en mi cabeza que constantemente me pide la muerte. Bang bang bang, golpes secos rebotando en mi cabeza, el alma golpeándose contra la pared. Bang bang bang, este estúpido ruido en mi cerebro, esta bala persistente/inexistente intentando acabar con mi vida. Esta locura. Esta voz mía pidiéndome la muerte. No tengo nada, excepto un virus informático indetectable alojado en mi cerebro. Matarme hoy o matarme mañana. Soy un arma tecnológica de destrucción masiva. Soy una ciberterrorista suicida. Soy en todas partes una inmigrante ilegal, porque no soy de ningún lugar. Soy Gamma orionis. Soy Kakkab Sar. 
    ¿Alguien sabe lo que es la soledad? Soy yo. La soledad, la rabia y la mala suerte soy yo.
    Beatriz se depila las cejas frente al espejo. El lavabo está cubierto de pelo rojo. Tiene una gota de sangre atravesándole el rostro. Tiene una navaja afilada en una mano. Una lágrima le atraviesa la otra mitad de la cara. Tiene una constelación tatuada en la cabeza. 
    Trescientos como yo por aire y por tierra causando ondas de interferencias y cortocircuitos. Dice Noah que nuestras cabezas crearán una red virtual que provocará un fallo cibernético a nivel mundial que causará caos y destrucción. Misiles disparándose a blancos al azar, maquinarias y vehículos autónomos volviéndose locos, aviones estrellándose, celulares estallando como nuestras cabezas. Para cuando logren identificar el origen del desastre, los trescientos que conformamos el Noah's Ark Project solo tendremos una nube de humo negro por encima de nuestros cuellos y una que otra descarga eléctrica dentro de nuestros cráneos quemados, chispeando en el fondo de las cavidades orbitarias. Tendremos entonces una sonrisa enorme de dientes calcinados y nos reiremos para toda la eternidad de todos sus sistemas de seguridad fabricados por los mismos que nos han reclutado.

    Rafel Kan nunca fue astronauta, pero su mente no tuvo límites como su cuerpo, se convirtió en una de las personas más ricas del planeta y fundó su propia empresa de transporte aeroespacial. Cuando Beatriz lo conoció, él ya tenía brazos y piernas biónicas, y encabezaba una organización que reunía a las empresas tecnológicas más poderosas del mundo. Y se hacía llamar Noah.

    Ahora. Cementerio de Ciudad del Este. Un hombre está reproduciendo un vinilo solo con sus manos, sin altavoces a la vista. Suena Orchestral Manoeuvres In the Dark con Pandora’s Box.

But all the stars you kissed
Could never ease the pain.
Still the grace remains…
The face is changed
But it’s still the same.

    Aquí yace Berenice Bó. Hija de nadie. Esposa de nadie. Madre de nadie.
    Se acerca un auto, zigzagueando, atropellando cruces. 
    Berenice Bó, más conocida como Brigitte Basura, sexplotation star de los 70. 
    En el tablero del auto: la fotografía rota de Gregory Peck vestido de blanco. Un reloj digital en la muñeca de la mano que está en el volante, un temporizador contando para atrás.
Postales: ¿Reconoce el cuerpo, Mr. Kinney? Porque yo nunca vi algo igual, excepto por lo de… Roswell. 
    The face is changed, but it’s still the same. 
    Claro que reconozco el cuerpo, soy responsable de las alteraciones hechas para alargar su vida, quería que fuera inmortal. 
    En el fondo, Harald nunca quiso quedarse solo, por eso abandonó primero a todos los que quiso. Casi a todos. Regresó a Brigitte al lugar en el que la conoció para poder tener él también a donde regresar. 
    El auto frena de golpe. 
    ―¿Es un perro? ―una mujer baja del auto.
    Dicen que Laika vivió seis o siete horas luego del despegue del Sputnik 2.  Zhuchka vivió casi setenta años, y eso también fue porque Harald nunca quiso quedarse solo. 
    ―¡Zhuchka!
    El ambicioso plan orquestado por una de las mentes más brillantes de nuestro tiempo tiene un error. Al parecer, este cyborg que dirige la operación no había pensado con su lado de carne y hueso, pasando por alto que no existen planes infalibles. Sobre todo, si se los confían a seres humanos sin nada que perder. 

    La tumba de su padre no tiene nombre, pero le dijeron que se encontraba justo a la derecha de una tal Berenice Bó. Su padre nunca tuvo la cortesía de decir adiós, pero aún así, minutos antes de convertirse en pieza clave de una red de caos y destrucción, ella se desvía porque tiene una debilidad: decir adiós. El reloj sigue contando para atrás y una luz que antes no estaba, empieza a parpadear en su muñeca. Mierda, dice cuando ve el poco tiempo que le queda. 
    Entonces: el error. Little Bug. Zhuchka. Un golpe seco. ¿Qué carajo…? ¿Es un perro?
    ―¡Zhuchka! 
    Tienes por un lado a una persona a la que siempre han abandonado y por el otro a alguien que siempre ha abandonado y que en este momento, además, esta segunda persona también acaba de perderlo todo, por eso no piensa dos veces antes de poner la boca de fuego de su pistola sobre la cabeza calva de la mujer que mira por debajo del auto. Con el dedo en el gatillo ve que ella tiene un tatuaje en el cráneo, es una constelación que él reconoce perfectamente, pues la ha visto en ambos hemisferios. Adiós Orión. Bang bang bang.

    Un hombre en Londres alza la vista y cree sentir la piel de gallina en sus brazos de fibra de carbono. En el cielo despejado está Ofiuco, una de las cuarenta y ocho constelaciones listadas por Ptolomeo y una de las trece por las que pasa la eclíptica; representa a un hombre y a una serpiente. ¿Quién es presa de quién: el hombre de la serpiente o la serpiente del hombre? ¿Y qué es una constelación? Una agrupación aleatoria de estrellas a las que hemos impuesto patrones reconocibles y que parecen hallarse en el mismo plano, aunque en realidad esas estrellas se encuentran a años luz de distancia y no están conectadas entre sí. Es en este exacto momento en el que se da cuenta de que no hay planes infalibles, porque a veces los astros simplemente se alinean para recordarte que no eres el centro del mundo. Tiene una epifanía: todos los miembros del Noah's Ark Project cuyas ubicaciones aparecen como puntos de luz en su monitor de control son estrellas que forman una constelación, y mientras acontece esta maravillosa visión, ve que una de sus estrellas no está en donde debería estar, sino que es una estela de luz que se mueve fuera del plan y desaparece frente a sus ojos. Stop. We have a shooting star. Pero es muy tarde para comprender que no se puede tener todo bajo control. Bang bang bang.


Léon Spilliaert. Claro de Luna y Luces (1909)




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Mónica Bustos
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